HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

IES ROSARIO DE ACUÑA


 

 

 

 

 

TEORÍA DE LA VIRTUD

 

 

3.1 Definición de virtud

 

            Aristóteles define la virtud como la excelencia  (areté), interpretada ésta, siguiendo los principios de su Física y Metafísica, no como una pasión, sino como una acción. De esta forma la virtud es la acción más apropiada a la naturaleza de cada ser; el acto más conforme con su esencia. Esta acción propia de cada ser que es la virtud, es también el bien propio de cada ser. En el hombre, por tanto, la virtud es la excelencia de su parte esencial que es el alma.

 

            Ahora bien, habiendo dos partes en el alma, así también habrá dos tipos de virtudes. Las virtudes éticas, correspondientes a la parte irracional del alma, y las virtudes dianoéticas correspondientes a la parte racional del alma. Pero la parte irracional del alma debe seguir los dictados de la parte racional, luego las virtudes éticas responden en su excelencia al comportamiento guiado por la parte racional del alma.

 

 

3.2  Virtudes éticas

 

            El libro II de la Ética a Nicómaco, define la virtud ética: «la virtud es una disposición adquirida de la voluntad, consistente en un justo medio relativo a nosotros, el cual está determinado por la regulación recta y tal como lo determinaría el hombre prudente.»

 

            Por tanto, la virtud ética es un hábito, no un don de la naturaleza, y así mismo, se niega con ello la posibilidad defendida por los socráticos de que la virtud moral pueda ser susceptible de una elaboración científica. Con ello, Aristóteles pretende señalar el papel que las pasiones juegan en la realización de una vida virtuosa, pues muchas veces estas pasiones la obstaculizan, aun a sabiendas de que no es lo mejor. La moralidad por tanto, no pertenece únicamente al orden del logos, sino también a la pasión y a las costumbres (ethos en griego, de donde proviene la palabra ética). Diríamos que la moral requiere, por tanto, de una educación, fundamentalmente mediante el ejemplo, que tenga como principal objetivo introducir la razón en las costumbres de manera duradera, elaborando una serie de hábitos adecuados.

 

            La virtud es la racionalización de la parte irracional del alma, su «domesticación». Pero siendo el criterio la elaboración de una «regla recta», cabe decir que la racionalidad a la que apela Aristóteles aquí es una racionalidad prudencial. Este conocimiento práctico, está condicionado por el criterio de la eficacia y del ensayo-error, de ahí que se organice en torno a normas determinadas por el hábito y la costumbre, y que su criterio de verdad corresponda exclusivamente con la experiencia pasada. Por ello, apela Aristóteles para representar su concepto de virtud moral precisamente a la autoridad del hombre prudente; del hombre «phrónimos». La autoridad es estrictamente ejemplar. Aristóteles está convencido de que ningún sistema moral puede reemplazar entonces al consejo del hombre prudente.

 

3.2.1 El término medio

 

            La norma de la virtud, sin embargo, se puede objetivar en el criterio del término medio. Cada virtud es un medio entre dos vicios: uno representa un exceso, el otro un defecto. El valor es un medio entre la cobardía y la temeridad, la generosidad un medio entre la prodigalidad y la avaricia, etc. La virtud se establece como un uso mesurado de las pasiones. Esto no significa, sin embargo, una defensa de la mediocridad, porque «lo que es un medio desde el punto de vista de la esencia, es una cima desde el punto de vista de la excelencia». No se trata de un máximo, sino de un óptimo. El medio no se refiere a la media aritmética (que quedaría representada por el comportamiento de la mayoría, sin ningún otro criterio sobre su excelencia) sino por un medio relativo a nosotros y a las circunstancias. Téngase en cuenta la dificultad de llevar a cabo esta definición porque en el comportamiento prudente habrá que considerar el uso de la mayoría y la inevitable tendencia a la mediocridad, aunque eso no signifique un comportamiento moralmente correcto desde el punto de vista de la razón.

 

3.2.2 Moral circunstancial

 

            Las clasificación que Aristóteles propone para las virtudes se establece mediante el criterio de las situaciones y no, como Platón, según el criterio de las partes del alma. Así, el peligro dará la medida del valor, la riqueza la de la liberalidad, el placer la de la templanza, la grandeza la de la magnanimidad, etc. La virtud existe sólo si hay situación. Por ello, Dios, al cual es ajeno cualquier circunstancia o situación, no puede ser virtuoso. Las virtudes son estrictamente humanas. Por ello, también, la ética de Aristóteles se ofrece aquí de una manera puramente descriptiva. Se trata de describir tipos de hombre virtuoso.

 

            En el libro V se refiere a la virtud de la justicia, y en él se manifiesta el verdadero poder de su interpretación. La justicia no puede quedar encerrada en fomulaciones jurídicas, en leyes, puesto que no acoge todos los casos particulares, no puede prever todas las situaciones. La ley, por ser general, no puede prever todos los casos y deviene injusta. La justicia es equidad, y el valor de la equidad lo da cada situación, pues «de lo indeterminado (los casos particulares) la regla debe ser también indeterminada».

 

3.3 Virtudes dianoéticas.

 

            Aristóteles aborda el tratamiento de este tipo de virtudes en el libro VI de la Ética a Nicómaco. De lo dicho anteriormente, se colige que la virtud fundamental de la parte racional del alma, que guía, por lo demás, a la parte irracional, debe ser precisamente la prudencia, expresada como phrónesis. Aristóteles distingue, frente a Platón entre phrónesis y sophía. La sabiduría se refiere a lo necesario, lo que no nace ni perece; la prudencia, es la capacidad de deliberar sobre las cosas contingentes, es decir, sobre las cosas en tanto que pueden no ser. No es, por tanto, ciencia, sino juicio, discernimiento correcto de los posibles. La prudencia es la habilidad del virtuoso, que guía a la virtud moral indicándole los medios para alcanzar los fines. Como virtud intelectual, no es, sin embargo, la forma más elevada del saber; es simplemente, la capacidad de discernir y realizar el «bien del hombre», una virtud que no conocen ni los animales ni los dioses; es virtud media, como lo es la posición del hombre en el universo.

 

3.3.1 Felicidad

            En el libro X de la Ética a Nicómaco, define Aristóteles la felicidad propia del hombre. La felicidad es la actividad de lo más elevado que hay en nosotros. Lo más elevado del hombre es el intelecto (nous) mediante el cual participamos de lo divino; la felicidad del hombre radicará entonces en la actividad contemplativa, que tiene, sobre cualquier otra actividad, la ventaja de ser ella misma su propio fin y de no necesitar mediaciones exteriores para ejercerse. Con ello, lleva coherentemente a su fin la distinción entre phrónesis y sophía, que Platón no podía realizar. Aristóteles está definiendo aquí la felicidad de una manera que tendrá toda su resonancia en la mística desde el neoplatonismo hasta el misticismo del siglo XVI, pasando por la tradición teológica medieval árabe y cristiana. El ideal de Platón era el Bien, definido desde la sabiduría como phrónesis, y por tanto, su ideal de felicidad quedaba dentro de la vida política. El conocimiento dirige a los hombres hacia la virtud, en la medida en que aquel contribuya al bien. Y el bien sólo puede entenderse desde la escala de la ciudad. Para Aristóteles, el ideal es el conocimiento, pero la finalidad de éste ya no es el bien, sino  la verdad. En el mito de la caverna cuenta Platón cómo el conocimiento que alcanzaba el esclavo liberado, sólo lo era, en la medida en que se realizara como emancipación, liberación de los otros esclavos, en la medida en que el esclavo libre volvía a la caverna. En Aristóteles, el conocimiento lo es en la medida en que el esclavo se queda fuera de la caverna, contemplando la luz.

 

            Sin embargo, la visión mística no llega a su culminación con Aristóteles que, como es coherente con su filosofía anterior, plantea esta felicidad como una tendencia problemática. Porque la vida contemplativa «está por encima de la condición humana» y el hombre, suponiendo que llegue a ella, vivirá «no en cuanto hombre, sino en cuanto que existe algo de divino en él». De nuevo, aparece como una propuesta moral, como un principio regulativo de la acción de los hombres. Se trata de concebir la vida humana como una tendencia a hacernos inmortales en cuanto sea posible, por la ejemplaridad de los actos y las obras. Este ideal había sido ya representado por Platón, y como tal, nos vuelve a acercar las posturas de éste con las de Aristóteles. Pues, ¿cuál puede ser el valor de esas obras y acciones excelentes, sino se mide en lo que ello puede representar como aportación a los demás? Aristóteles recoge así la sabiduría de los límites, representada por la moralidad griega: un humanismo trágico que invita a renunciar a las ambiciones desmesuradas, pero igualmente, según Píndaro, a «agotar el campo de lo posible».