Francis Bacon

Novum Organum, 1620 [Orbis, Barcelona 1985; págs. 129-130]

 

 


 

En primer lugar, nos parece que entre las acciones humanas, la más bella sin duda, es la de dotar al mundo de grandes descubrimientos, y así es como lo juzgaron los siglos pasados. Concedíase honores divinos a los inventores; a los que, por el contrario, se habían distinguido en el servicio del Estado, como los fundadores de ciudades y de imperios, legisladores, libertadores de la patria afligida por crueles azotes, vencedores de los tiranos, y otros por el estilo, no se les concedía  más que el título  y las prerrogativas de héroes. Y si se hace una justa comparación de estas dos especies de méritos, se aplaudirá sin duda el criterio de las edades antiguas, pues el beneficio de los descubrimientos se extiende a todo el género humano, y los servicios civiles sólo a un país; éstos no duran más que tiempo limitado y los otros son eternos. Con frecuencia los Estados no adelantan sino en medio de turbulencias y por violentas sacudidas; pero los descubrimientos derraman sus beneficios sin hacer derramar lágrimas.

 

Los descubrimientos son como nuevas creaciones que imitan las obras divinas; de ellas dijo con razón el poeta: “La primera en los tiempos antiguos, Atenas la célebre, dio a los infelices mortales los frutos que se multiplicaban creó de nuevo la vida y sancionó las leyes”. Y es digno de observar que Salomón, colmado de todos los beneficios, poder, riqueza, magnificencia de las obras, ejército, servidores, armada, nombradía, admiración sin límites, no haya escogido ninguno para glorificarse, sino que al contrario, haya declarado que la gloria de Dios es ocultar sus secretos, y la del rey descubrirlos.

 

Reflexiónese por otra parte en la diferencia que existe entre la condición del hombre en un reino de los más civilizados de Europa y la condición de ese hombre en una de las regiones más incultas y bárbaras del nuevo mundo; tal es esta diferencia que puede decirse con razón que el hombre es un Dios para el hombre, no sólo a causa de los servicios y beneficios que puede prestarle, sí que también por la comparación de sus diversas condiciones. Y esta diversidad no es el suelo, no ses el cielo quien la establece; son las artes. Preciso es también hacer observar la potencia, la virtud y las consecuencias de los descubrimientos: en parte alguna aparecen más manifiestamente que en estas tres invenciones desconocidas a los antiguos, y cuyos orígenes son oscuros y sin gloria: la imprenta, la pólvora para cañón y la brújula, que han cambiando la faz del mundo, la primera en  las letras, la segunda en el arte de la guerra, la tercera en el de la navegación, de las que se han originado tales cambios, que jamás imperio, secta ni estrella alguna, podrá vanagloriarse de haber ejercido sobre las cosas humanas tanta influencia como esas invenciones mecánicas.

 

Distinguiremos seguidamente tres especies y como tres grados de ambición; la primera especie, es la de los hombres que quieren acrecentar su poderío en su país; ésta es la más vulgar y la más baja de todas; la segunda, la de los hombres que se esfuerzan en acrecentar la potencia y el imperio de su país sobre el género humano; ésta tiene más dignidad, pero aquellos que se esfuerzan por fundar y extender el imperio del género humano sobre la naturaleza tienen una ambición (si es que este nombre puede aplicársele) incomparablemente más sabia y elevada que los otros. pero el imperio del hombre sobre las coas, tiene su único fundamento en las artes y en las ciencias, pues sólo se ejerce imperio en la naturaleza obedeciéndola.

 

Diremos también, que si la utilidad de un descubrimiento particular ha conmovido de tal modo a los hombres que hayan visto algo más que un hombre en aquel que podía de tal suerte extender un beneficio a todo el genero humano, ¿cuánto más elevado pno parecerá a sus ojos un descubrimiento que por sí solo da la clave de todos los otros? Y sin embargo, a decir verdad, lo mismo que tenemos grandes motivos de agradecimiento hacia la luz, que nos permite trasladarnos de u o a otro lado, practicar las artes, leer, reconocernos mutuamente, n obstante lo que la simple contemplación de la luz tiene más excelencia y bellezas que sus usos tan variados, así bien la pura contemplación de las cosas en su realidad, separada de toda superstición, impostura, error o confusión, contiene más dignidad que todo el fruto de los descubrimientos.

 

En último lugar, si se objeta que las ciencias y las artes dan frecuentemente armas a los malos intentos y a las pasiones perversas, nadie se preocuparán cosa de ello. Otro tanto puede decirse de los bienes del mundo, el talento, el valor, las fuerzas, la belleza, las riquezas, la misma luz y otras. Que el género humano recobre su imperio sobre la naturaleza, que por un don divino le pertenece; la recta razón y una sana religión sabrán regular su uso.

 

130. Ya es tiempo de que expliquemos el arte de interpretar la naturaleza. Aunque  creamos haber encerrado en este método preceptos muy útiles y muy verdaderos, estamos no obstante bien lejos de atribuirle una necesidad absoluta (hasta el punto de que nada se pueda sin ella)( ni siquiera una entera perfección. Opinamos que si los hombres tuviesen en su mano una historia exacta de la naturaleza y de la experiencia, y alimentasen con ella su pensamiento, y si por otra parte, pudiesen imponerse la doble obligación de despojar las opiniones recibidas y las nociones vulgares, y abstenerse de elevar su espíritu a los primeros principios, y a las leyes que más a ellos se acercan, pudiera ocurrir que por la propia potencia de su inteligencia, y sin otro arte, encontrasen lo verdadero procedente de la interpretación. La interpretación es la obra verdadera y natural de la inteligencia, después de haber separado todos los obstáculos que entorpecen su marcha; pero, sin embargo, mediante vuestros preceptos, el trabajo del espíritu tendrá mayor facilidad y solidez.

Estamos también muy distantes de afirmar que nada se pueda añadir a nuestros preceptos; antes al contrario, nosotros, que ponemos la fuerza de la inteligencia no en su propia virtud, pero sí en el comercio con la realidad, debemos declarar que el arte de los descubrimientos puede desenvolverse con los descubrimientos mismos.