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Benjamín Farrington La mano en el arte de curar |
LA MANO EN EL ARTE DE CURAR; UN
ESTUDIO SOBRE LA MEDICINA GRIEGA DESDE HIPOCRATES A RAMAZZINI
No es propósito de este ensayo discutir los detalles de la práctica
quirúrgica en Grecia, tema que no me encuentro en condiciones de afrontar;
quisiera más bien hablar de la medicina griega en conjunto, y examinar el
efecto que sobre ella tuvieron los prejuicios de los griegos contra el
trabajo manual. Mi propósito quedaría definido con más precisión aún, si
aludiera no sólo a los prejuicios contra el trabajo manual, sino también a la
pérdida de posición social que ha sufrido el trabajador con el desarrollo de
la civilización. En consecuencia, el asunto no queda emplazado dentro del
dominio de la ciencia pura, sino de las relaciones sociales de la ciencia, ya
ese terreno se limita. 63 En su tratado Oeconomicus, Jenofonte pone en boca de Sócrates
el siguiente juicio sobre el trabajo manual y los obreros. No quiero
detenerme a dilucidar cómo puede conciliarse esa opinión con la creencia
tradicional de que Sócrates hubiera sido picapedrero. A la cuestión ¿quién
fue Sócrates? apenas si ha podido responderse satisfactoriamente. «Las
llamadas artes mecánicas -dice Sócrates llevan consigo un estigma social y
son deshonrosas en nuestras ciudades; pues tales artes dañan el cuerpo de
quienes las ejercen y hasta de quienes vigilan, al obligar a los operarios a
una vida sedentaria y encerrada, y al obligarlos, ciertamente en algunos
casos, a pasar el día entero junto al fuego. Esta degeneración física
determina también un daño al espíritu. Además, los que se ocupan de estos
trabajos, no disponen de tiempo para cultivar la amistad o la ciudadanía, por
ello se los considera malos amigos y malos patriotas. En algunas ciudades,
especialmente las guerreras, es ilegal que un ciudadano se consagre a
trabajos mecánicos»[1].
Como es obvio, una división social tan profunda como ésta, un abismo
tal que hace imposible que un mismo individuo sea a la vez trabajador y
ciudadano, no pudo dejar de hacer sentir su efecto sobre la ciencia y la
práctica de la medicina, tan íntimamente vinculadas a la vida de todos los
hombres. Pero este efecto ha sido -hasta donde llegan mis conocimientos muy
impropiamente investigado. 64 Tres temas me impresionan como los más adecuados para revelar la
naturaleza de la influencia ejercida sobre la ciencia y el arte de curar, por
la estructura de la antigua sociedad clásica. Antes quiero decir algo sobre
la ciencia de la anatomía y la práctica de la cirugía. La palabra cirugía es,
naturalmente, la forma moderna del vocablo griego cheirourgia, que
significa operación manual. Encontraremos razones para relacionar la
decadencia de la anatomía después de Galeno con el viejo prejuicio contra los
cheirourgos, es decir, los cirujanos u operadores manuales. El efecto
tardó, no obstante, en manifestarse, y su influencia total no se hizo sentir
hasta la caída del Imperio Romano de Occidente. En segundo lugar, deseo
referirme a las limitaciones de la ciencia y la práctica médica antigua, con
respecto al tipo de individuo y al tipo de enfermedad a que habitualmente se
consagraba; y a los que desatendía. En líneas generales, puede decirse que el
trabajador era desatendido por la práctica médica antigua, y que las
enfermedades ocupacionales eran desconocidas por la ciencia médica. Este
fenómeno es más importante que la decadencia de la anatomía, y ha sido menos
estudiado. Comenzó a manifestarse mucho antes, sus efectos llegaron mucho más
lejos, y demostraron ser mucho más difíciles de superar. La U.R.S.S. es el
único país que ha resuelto hasta el día de hoy el problema de proporcionar
atención médica a toda su población obrera, y el Hospital de Enfer- 65 medades Industriales de Moscú tiene fama de ser una institución única
en su género. En tercer lugar, deseo considerar un fenómeno simultáneo con los
albores de los escritos médicos en Grecia, aunque no con los albores de la
medicina griega. Me refiero a la invasión de la ciencia médica por conceptos
filosóficos a priori. En mi
opinión esto está íntimamente relacionado con el tema de la mano en el arte
de curar, pues esas especulaciones a priori provenían de aficionados a
la medicina que continuaban usando el cerebro pero que habían dejado de
utilizar sus manos. Las hipótesis hueras que comenzaron a asediar a la
ciencia médica del siglo v a. J. C., en adelante no representan una
aberración de la mentalidad individual, sino la consecuencia de una nueva
clase social: la clase ociosa. Para ellos la teoría no guardaba relación
alguna con la práctica. El cerebro era independiente de la mano. Constituían
lo que el profesor Gordon Childe ha denominado «investigadores teóricos»[2].
Su triunfo significó transformar la medicina de ciencia positiva en filosofía
especulativa. He de referirme principalmente a
dos o tres tratados, de entre los escritos antiguos, pertenecientes al corpus
hipocrático: Medicina Antigua; Aires, Aguas y Lugares, y Régimen
I-IV. Mi acercamiento a esas obras débese en primer lugar a la influencia
de Vesalio y Ramazzini cuyos escritos hacen justicia enteramente a la audacia
y origina 66 lidad de sus ideas. Como no podía dejar de ocurrir, sus obras
contienen muchos comentarios ilustrativos de sus predecesores griegos. Los
hombres que constituyen un jalón en cualquier rama del conocimiento, están en
situación muy favorable para arrojar luz sobre el pasado de esa disciplina.
Habiendo tenido que luchar para descubrir la ruta de avance, están
particularmente prevenidos sobre los obstáculos que cierran el paso hacia
ella. Siendo claros conocedores de la novedad que desean transmitir, conocen
perfectamente su ausencia en la tradición por ellos recibida. Antes de retornar al primer
asunto, quizá convenga decir que si he llamado a este ensayo: Estudio
sobre la medicina griega, ello se debe a que no había una medicina romana
diferenciada e independiente, y que, si me he aventurado a extender la
vida de la medicina griega hasta Ramazzini, en el siglo XVIII de
nuestra era, es porque ese gran médico entendía aportar sus innovaciones como
contribución a la ciencia y práctica médicas de Grecia. Ahora retorno al primer tema: La
decadencia de la anatomía en Grecia. En el texto de su gran obra, De
Fabrica Corporis Humani, Vesalio presenta una descripción de la
estructura del cuerpo humano más completa y ajustada que la que lograron dar
los griegos. En el Prefacio intenta explicar por qué el estudio de la
anatomía, floreciente entre los griegos durante centenares de años, había
decaído después 67 de Galeno. El argumento esgrimido en el prefacio será el primero en
ocupar nuestra atención[3].
Según Vesalio, los médicos griegos, cualquiera fuese la secta a la
cual pertenecían: Dogmática, Empírica o Metódica, todos convenían en el
empleo de tres recursos: dietas, drogas y operación manual. «Y es raro
-agrega el mal que no requiere el triple tratamiento. Debe prescribirse una
dieta adecuada, las drogas han de prestar también ciertos servicios, y la
mano, otros.» El uso de la mano no se limita a la cirugía; también tiene su
parte en la preparación de los alimentos y en la composición de las drogas.
En consecuencia, si se desprecia a la mano toda la medicina se resiente. Esto
es lo que en verdad ocurrió, según Vesalio. «Después de la invasión de los bárbaros -escribe-, todas las ciencias
que antes habían florecido brillantemente y habían sido estudiadas con
propiedad, cayeron en la ruina. Entonces, y por primera vez en Italia, los
más encumbrados doctores, imitando a los antiguos romanos, comenzaron a
despreciar el trabajo manual. Delegaron en los esclavos los tratamientos
manuales requeridos por los pacientes y se limitaban a vigilarlos como
capataces. Luego fueron seguidos por todos los otros médicos. Eludieron todos
los deberes ingratos de la profesión sin renunciar a ninguna de sus
pretensiones al dinero o el honor, apartándo 68 se así de la práctica de los médicos antiguos. Dejaron en manos de
enfermeros la preparación de los alimentos para los enfermos; en manos de
boticarios, la composición de las drogas; en manos de barberos las
operaciones manuales. De esta manera con el tiempo, la ciencia médica se
separó lamentablemente en dos ramas, hasta el punto que ciertos doctores se
titulaban a sí mismos médicos y se arrogaban la exclusividad de prescribir
drogas y dietas para oscuros males, abandonando el resto de la medicina a los
que denominaban cirujanos y consideraban casi como esclavos y alejándose
lamentablemente de la rama principal y más antigua del arte médico, y la que
en más alto grado (si acaso hubiera otro) depende de la investigación de la
naturaleza.» El desastroso efecto del
desprecio de las operaciones manuales sobre el estudio y la enseñanza de la
anatomía es un lugar común, pero nunca fue mejor descrito que por Vesalio, y
ya que me he tomado el trabajo de verter su latín laborioso a nuestro llano
lenguaje de hoy, transcribiré aquí aquella descripción. «Cuando la realización de todas
las operaciones manuales -escribe fue confiada a los barberos , no
sólo perdieron los doctores el verdadero conocimiento de las vísceras, sino
que pronto desapareció la práctica de la disección, sin duda porque los
doctores no emprendían operaciones, en tanto que aquellos a quienes se
encomendaban las tareas manuales eran demasiado ignorantes para leer las
obras de los maestros de anatomía. Pero era 69 además imposible que esos hombres preservaran para nosotros un difícil
arte que habían aprendido sólo mecánicamente. Es igualmente inevitable el
lastimoso desmembramiento del arte de curar introducido en nuestras escuelas
por el deplorable procedimiento en boga, de que sea un hombre quien practica
las disecciones y otro quien describe las partes. Este último se encarama en
un púlpito cual si fuera un grajo y con un notable aire de desdén susurra
informaciones sobre hechos que nunca conoció de primera mano pero que
aprendió de memoria en libros ajenos, o cuya descripción tiene ante su vista.
El disector, ignorante en las cosas del idioma, es incapaz de explicar la
disección a la clase y se limita a ilustrar la demostración que debe
ajustarse a las instrucciones del médico, en tanto que el médico jamás pone
manos a la obra sino que, por el contrario, desdeñosamente esquiva el bulto,
como vulgarmente se dice. De esta manera, todo se enseña mal; se malgastan
los días en cuestiones absurdas, y en la confusión se enseña menos a la clase
que lo que un carnicero en su establo podría enseñar a un doctor.» Vemos que, según Vesalio, el
estudio de la anatomía fue víctima de los prejuicios de una aristocracia
poseedora de esclavos. Esto ocurrió después de la caída del Imperio Romano de
Occidente, y la culpa fue principalmente de los doctores italianos corrompidos
por el ejemplo de los antiguos romanos. Si, como yo pienso, el juicio de
Vesalio es exacto, surge inmediatamente la cuestión de por 70 qué el mismo prejuicio no habría tenido el mismo efecto entre 1os
griegos. Que los griegos pronto sintieron desprecio por el trabajo manual, lo
sabemos con certeza. Herodoto, escribiendo a mediados del siglo v, lo señala.
«Entre los griegos, lo mismo que entre los egipcios, los tracios, los
escitas, los persas, los lidios y casi todos los no-griegos -nos dice se
tiene menos estima por los que aprenden un oficio, y los hijos de los que
aprenden un oficio, que por el resto de los ciudadanos. Nobles son quienes
han eludido el yugo del trabajo manual. El más alto honor está reservado a
quienes se consagran a la guerra»[4].
Esta afirmación está totalmente de acuerdo con la cita de Jenofonte antes
mencionada. La cuestión es si este desprecio por el trabajo manual afectó al
arte de curar, entre los griegos. A primera vista, parecía seguro
que la adopción por todos del criterio señalado por Herodoto y Jenofonte
debía obrar en detrimento de la ciencia y la práctica del cheirourgos o
cirujano. En su diálogo El Político Platón señala las diferencias entre una ciencia práctica, como
la carpintería; una ciencia puramente teórica, como la de los números, y una
ciencia mixta, como la arquitectura, en la cual el teórico dirige el trabajo
manual, pero no se ocupa en él[5].
Esta diferenciación no es capciosa, sino, por el contrario, importante y
necesaria. Capcioso fue el esfuerzo de la sociedad an 71 tigua por asegurarse de que el trabajo manual fuera realizado por una
sola clase, y la dirección y el pensamiento, por otra. Es a este vicio de la
sociedad, que culpa Vesalio de la decadencia de la anatomía. Existe un pasaje
de Aristóteles donde éste sugiere que el arte médico ya había padecido por el
fatal divorcio entre la teoría y la práctica, que Vesalio señala en Italia
después de la caída del Imperio de Occidente; pues Aristóteles nos dice que
el nombre de médico se daba a tres clases de hombres: los que trabajaban con
sus manos, los que dirigían el trabajo de otros y los amateurs ilustrados[6].
Los primeros representarían a los artesanos, cuya posición decayó de manera
continua; los segundos representarían a los hombres que habiendo eludido las
indeseables asociaciones de artesanos se elevaron a la condición de
arquitectos, y los terceros sugieren esa clase de hombres entregados sólo a
«investigaciones teóricas». No obstante, no puedo descubrir
pruebas claras de que el prejuicio contra el trabajo manual constituyera
entre los griegos un estorbo en el progreso de la ciencia de la anatomía.
Desde Alcmaeón, en el siglo v a. J. C. hasta Galeno en el siglo II de la era
cristiana, abundan los nombres de grandes anatomistas, y el progreso, si bien
espasmódico, es demasiado notable para aceptar que la ciencia anatómica haya
sufrido por culpa del prejuicio surgido de la estructura de la sociedad
antigua. Las trayectorias de Aristóteles, Herófilo, Erasistrato, Hegetor,
Ammonio, Antilo, Marino, 72 Rufo y Sorano desmienten esa conclusión. Celso, en sus libros VII y
VIII donde trata de la cirugía, no proporciona fundamento alguno para aquel
criterio. Como nos lo recuerda Vesalio, Galeno manifestaba con frecuencia
orgullo de su propia habilidad manual. En resumen, digamos que por una razón,
que expondré al fin de este ensayo, la investigación de la estructura del
cuerpo humano pasó mucho tiempo sin padecer por la misma causa que interfirió
ciertamente el desenvolvimiento de otras ciencias entre los griegos. La causa
existía pero su influencia estaba inhibida; faltaba un agente catalítico para
que se manifestara, y éste no existió hasta que, bajo el Imperio, el
prejuicio social contra el esclavo fue reforzado por el prejuicio romano
contra Grecia Puede decirse que Vesalio ha definido el fenómeno con rara
precisión cuando atribuye la decadencia de la anatomía a los doctores
italianos, quienes, imitando a los antiguos romanos, comenzaron a despreciar
el trabajo manual. Pero si encaramos el segundo de
los temas: las limitaciones de la práctica médica antigua respecto al tipo de
pacientes que habitualmente asistía: son muy evidentes los signos de
influencia de la estructura social sobre la medicina. «Los enfermos de
nuestras ciudades -escribe Platón en Las Leyes son de dos clases: los
esclavos y los hombres libres. Los esclavos son asistidos en su mayor parte,
por esclavos que van a visitarlos o los esperan en sus consultorios. No hay
discusiones entre médico y paciente sobre las particularidades 73 de cada caso, sino que con aires de sábelotodo el médico prescribe
algún remedio empírico, cual un dictador cuya palabra no debiera ser puesta
en duda, y corre a asistir al próximo esclavo enfermo, librando así al médico
ciudadano, de tener que atender a semejantes pacientes. Los hombres libres
son, por lo general, atendidos por médicos que son hombres libres. Este
realiza exámenes prolijos durante el curso de la enfermedad desde el
comienzo, y recurre al interrogatorio del paciente y sus amigos para su
diagnóstico; aprende del paciente tanto como éste de él y lo alienta con
amables argumentos a recorrer el camino de la recuperación total»[7].
Contraste tan vivo como el
descrito aquí, entre la atención médica al alcance del esclavo, y la del hombre
libre, encuentra un paralelo con el contraste existente entre los
requerimientos médicos del obrero manual pobre, pero ciudadano al fin, y los
del rico ocioso. Continúa siendo Platón nuestro informante; protesta contra
la nueva moda de la medicina de revolotear junto a las exigencias de quienes
no tienen más tarea que atender su propia salud. «Esculapio sabía bien -hace
decir a Sócrates en La República que en un estado bien organizado cada
hombre tiene una ocupación que atender, y por consiguiente no dispone de
tiempo para enfermedades prolongadas. El sentido de esto es claro para
nosotros en el caso del artesano, pero, por el contrario, no lo comprendemos
así en el caso del rico: 74 «-¿Qué quiere usted decir? -repuso Glaucón. «-Quiero decir esto: cuando
enferma el carpintero, requiere del médico un remedio vulgar pero eficaz: un
emético, una purga, un cauterio o el bisturí. Ese es el remedio para él. Si
alguien le prescribiera una serie de dietas, o le ordenara envolverse la
cabeza y mantenerse abrigado, replicaría en el acto que no dispone de tiempo
para estar enfermo; que no encuentra ventajas en una vida empleada en atender
la enfermedad en detrimento de su tarea habitual. Despide, en consecuencia,
al médico, reanuda su ritmo habitual de vida y, o mejora, vive y realiza su
trabajo, o, si su constitución falla, la muerte lo libra de sus pesares. «-Comprendo -dice Glaucón-, y es esa, naturalmente, la mejor forma de
medicina para un hombre de su condición»[8]
(*). No obstante ser estos pasajes tan familiares, su 75 significado no se aclaró para mí hasta que leí el tratado De las
Enfermedades Ocupacionales debido a aquel gran pionero del siglo XVIII,
Bernardini Ramazzini; y lo llamo pionero del siglo XVIII aunque había nacido
en 1633, pues vivió tanto como Platón y murió en su octogésimo primer año, en
1714. La terminación de la obra a la cual debe su inmortalidad pertenece al
mismo fin de su vida. El texto completo de De morbis Artificum[9]
no se publicó hasta 1713. En la ciudad
de Módena donde vivió Ramazzini, los habitantes de las altas y colmadas
casas, con el mejor criterio sanitario de la época, cuidaron que los pozos de
desagüe conectados a los albañales que recorrían en todas las direcciones las
calles de la ciudad, fueran limpiados en todas las casas cada tres años. «En
una ocasión -escribe Ramazzini mientras este trabajo se realizaba en nuestra
casa, observé que uno de los opearios hacía extraordinarios esfuerzos para
terminar pronto 76 su cometido. Compadeciéndolo por la cruel naturaleza de su trabajo, le
pregunté por qué se afanaba tan febrilmente en lugar de evitar el cansancio
operando a un ritmo más lento. Entonces el pobre hombre levantó los ojos del
pozo y los fijó en los míos. Nadie que no lo haya hecho -me respondió puede
imaginarse lo que significa pasar más de cuatro horas en este lugar; es peor
que quedarse ciego.» La encuesta tan favorablemente
comenzada proporcionó buenos frutos. Ramazzini no olvidó nunca a aquel
limpiador de letrinas. Súbdito de la República de Venecia -esa gran ciudad
que según sus propias palabras «reunía en su seno todas las artes que
separadamente hicieron a otras ciudades, ricas y populosas-» estaba
profundamente convencido de la importancia de las artes mecánicas para el
progreso de la civilización. «Si alguien duda de su utilidad -escribe-, que
mida las diferencias entre los europeos y americanos, y otros habitantes del
Nuevo Mundo.» Pero estaba igualmente impresionado por las lastimosas
condiciones a que se veían expuestos sus operarios. «Debemos confesarnos
-dice que muchas artes son causa de graves males para quienes se ocupan en
ellas. Muchos artesanos han buscado en su trabajo sólo un medio de sostenerse
en la vida y formar una familia, pero cuanto reciben de él es alguna
enfermedad mortal, con el resultado de que pierden la vida en el trabajo que
habían buscado para ganarla.» Ramazzini nos brinda más adelante su solución.
«La medicina, como la iuris 77 prudencia, debe contribuir al bienestar de los trabajadores, y
vigilar, en la medida de lo posible, que éstos puedan cumplir con sus
obligaciones sin daño. Así lo he hecho, por mi parte, y no he tenido reparos
en encaminarme a los talleres más humildes para estudiar los misterios de las
artes mecánicas.» En el curso de su indagación, Ramazzini estudió las condiciones de
trabajo y las enfermedades ocupacionales de los siguientes órdenes de
operarios: mineros de metales, doradores, químicos, alfareros, hojalateros,
vidrieros y fabricantes de espejos, pintores, trabajadores con azufre,
herreros, trabajadores que operan con yeso y cal, boticarios, limpiadores de
cloacas, bataneros, aceiteros, curtidores, queseros y otros operarios de
tareas antihigiénicas, tabaqueros, transportadores de cadáveres, parteras,
amas de leche, taberneros y cerveceros, panaderos y molineros, fabricantes de
almidón, limpiadores y medidores de grano, picapedreros, lavanderas
trabajadores de lino, cáñamo y seda, bañeros, fabricantes de sal, operarios
que trabajan de pie y los que lo hacen en posiciones sedentarias, judíos (es
decir, ropavejeros), mensajeros, lacayos, porteros, atletas, operarios que
fatigan sus ojos en trabajos de precisión, maestros de canto, cantantes,
etc.; labradores, pescadores, soldados, letrados, monjas, impresores,
escribientes y notarios, reposteros, tejedores, caldereros, carpinteros,
afiladores de navajas y lancetas, fabricantes de ladrillos, poceros,
marineros y remeros, cazadores, jaboneros, etc. 78 Como resultado final de su prolongada y ardua investigación
encontramos, entre otros sabios consejos, este sorprendente agregado al arte
hipocrático: «Cuando el médico visita un hogar de la clase trabajadora, que
se contente con sentarse en un banco de tres patas si no encuentra una silla
dorada, y que dedique tiempo al examen; y a las preguntas recomendadas por
Hipócrates que agregue una más: ¿Cuál es su ocupación?» Ramazzini, como ya lo
he señalado, es muy buen escritor. ¿Anunció alguien alguna vez con más
agudeza y menos bambolla una innovación revolucionaria? En una sola frase de
aspecto inocente caracteriza y supera la ciencia y la práctica médica de dos
mil años. La medicina hipocrática, según
nos lo informan todos los investigadores competentes, se apoyaba en un
concepto de equilibrio entre el organismo viviente y su medio; consideraba a
la enfermedad como un esfuerzo por restaurar un equilibrio alterado, donde el
deber del médico era cooperar con la naturaleza en el esfuerzo por asegurar
el reajuste; por eso, el médico hipocrático, frecuentemente -y quizá
normalmente forastero, era inducido a estudiar las principales
características que rodeaban a los futuros pacientes, al llegar a cada nueva
localidad. Tal es el tema de Aguas, Aires y Lugares. Como su nombre lo
indica, eran las características naturales del lugar lo que se aconsejaba
estudiar especialmente, al médico: el clima, la ubicación y la calidad del
agua. También se le orientaba respecto a la constitución que po 79 día hallar en los habitantes de una ciudad según vivieran bajo un
despotismo oriental, o, por el contrario, disfrutaran de los beneficios de la
libertad griega. Es decir, que hasta el medio político que rodeaba al
paciente debía ser tomado en cuenta por el médico hipocrático. Los
historiadores se han visto justamente sorprendidos por la comprensiva
concepción de este antiguo manual médico. Cuando Ramazzini nos dice ahora qué
debemos buscar, comprendemos en el acto cuál era la deficiencia. Pretendiendo
ser un tratado sobre el medio, omite precisamente lo que bien podría
calificarse de su elemento más importante, en lo que respecta a la salud y la
enfermedad: la ocupación habitual del hombre. Las ocupaciones estudiadas por
Ramazzini no diferían mucho de las practicadas entre los griegos. En Atenas y
en Corinto, como en Venecia, había mineros, alfareros, herreros, bataneros,
curtidores, parteras, nodrizas, panaderos, picapedreros, lavanderas,
carpinteros, pescadores, labradores, y tantos otros; pero nadie había que
atendiera sus afecciones típicas y tratara de encontrar un remedio para ellos.
Hemos visto, en cambio, al médico de esclavos, que, sin tiempo para realizar
exámenes prolijos, salta de paciente a paciente, o de artesano a artesano,
que le solicitan remedios expeditivos por carecer de tiempo para tratamientos
que exigen descanso y cuidados. Cuando consideramos estos
factores, pienso que se nos hace evidente que la medicina hipocrática era muy
limitada al consagrarse a un solo sector 80 de la población. Un tratado como Aguas, Aires y Lugares, escrito
para médicos de ciudadanos, contempla sólo la posibilidad de pacientes
ciudadanos y de miembros de la clase ociosa. Si alguien dudara de la
veracidad de este juicio, le recomendaría que volviera sobre los cuatro
libros del tratado hipocrático Régimen. El autor de ese importante y
admirable tratado desarrolla la teoría de que la salud depende del equilibrio
entre el alimento y el ejercicio; pero los alimentos aludidos no hacen pensar
en la dieta de un alfarero o de un labrador, ni los ejercicios recomendados
guardan relación alguna con el trabajo. Sería erróneo suponer, en
consecuencia, que la carne de vaca, cabra, cabrito, cerdo, camero, cordero,
asno, caballo, perro, jabalí, ciervo, liebre, zorro o erizo formaron parte de
la dieta normal del trabajador, esclavo u hombre libre, no menos que las
palomas, perdices, gallos, tórtolas, gansos, patos y otras aves de pantano o
de río. No menos erróneo sería suponer que los siguientes consejos se
refieren a los ejercicios del trabajador: «Los ejercicios deben ser abundantes
y de todas clases: Carreras en la pista doble, aumentadas gradualmente;
torsiones, luego de aceitados, comenzando por ejercicios livianos y
extendiéndolos gradualmente; marchas enérgicas después de los ejercicios;
cortas marchas al sol después de comer; largas caminatas por la mañana
temprano, tranquilas al comenzar, aumentándolas hasta hacerlas violentas,
para terminar otra vez suavemente.» Tampoco parece dirigido al
trabajador el si 81 guiente aviso: «Los pacientes deben tomar baños calientes, dormir en
lecho blando y embriagarse una o dos veces, pero no en exceso; tener contacto
sexual después de libaciones moderadas, y dejar el ejercicio, con excepción
de la marcha.» Este era el tipo de medicina que ofendía el gusto y el buen
sentido de Platón. Como dije al principio de este ensayo, pasó mucho tiempo hasta que el
prejuicio contra el trabajo manual ejerció su influencia perniciosa sobre el
nivel de la cirugía, al punto que la práctica de la anatomía desapareció, y
la medicina dejó de ser, en consecuencia una disciplina científica. Pero los
efectos de ese prejuicio se hicieron sentir en otros campos del arte médico
mucho antes, y con resultados mucho peores; pues, tan pronto como se establecieron
las diferencias de clase de la sociedad antigua, el cuidado de la salud de la
población laboriosa dejó de interesar a los cultores de la medicina
científica, con el resultado que todo el problema de la salud y la
enfermedad, en cuanto se vinculaba a las ocupaciones de la población
laboriosa, quedaba fuera de consideración. Sólo en estas circunstancias se
explica que un eminente hombre de ciencia, como lo era el autor de Régimen,
considere el problema de la salud sobre la base de que el paciente no
tiene nada que hacer más que comer, beber y distraerse. Por no haber
comprendido los historiadores modernos la estrechez de la base de este tipo
de ciencia médica -y sólo por eso- ha sido posible que se calificara al autor
de Régimen de 82 «Padre de la Medicina Preventiva». De ningún modo merece ese título;
mucho mejor podría calificársele, con el mismo espíritu del ataque platónico,
de «Padre del Valetudinarianismo». Además, el desarrollo de la
medicina dentro de tales orientaciones la hace inútil en relación a las
necesidades de la masa, aun en aquellas ocasiones en que se creyó deseable
atenderlas. He aquí otra de las lecciones que podemos aprender en Ramazzini.
Escuchémosle cuando se refiere al arte hipocrático tal como se les aplicaba a
los labradores, en su propia época; comienza con una cita de Virgilio: «O fortunatos nimium, sua si
bona norint, Agricolas.» «Así cantaba en la antigüedad el
príncipe de los poetas y sus palabras eran quizá aplicables a aquella vieja
estirpe que araba los campos paternos con sus propios bueyes, pero no son ya
tan ciertas aplicadas al labrador de nuestros días, quien trabaja
inexorablemente en campos ajenos, y debe luchar al mismo tiempo con la
pobreza atroz, ¿y con qué resultado? Las enfermedades que amenazan a las
poblaciones agrícolas, por lo menos en Italia, y especialmente en ambas
márgenes del Po, son, en primer lugar, la pleuresía, inflamación de los
pulmones, el asma, los cólicos, la erisipela, la oftalmia, las anginas, los
dolores de muelas y la caída de los dientes. Las causas determinantes son
dos: el clima y la miseria de la alimentación... los errores que yo observo
en el tratamiento de esta clase de hombres, son muchos, y 83 surgen del hecho de suponer que los labriegos, por su constitución más
robusta, pueden tolerar remedios más enérgicos que las gentes de las
ciudades; pero no puedo, por mi parte, ocultar la lástima que me produce
contemplar a los campesinos miserables traídos a los hospitales públicos
desde todas partes, que se confían al cuidado de jóvenes médicos recién
salidos de las aulas, pues éstos los agotan con purgas enérgicas y sangrías
reiteradas, sin ninguna contemplación al hecho de que están totalmente
desacostumbrados a tan violentos remedios, y que tienen constituciones
débiles debido, precisamente, a las tareas que han soportado. Por estas
razones, muchos labriegos prefieren morir en sus chozas en lugar de decir
adiós a la vida en un hospital, desangradas sus venas y exprimidas por
purgantes sus entrañas. Todos los años, al término de las cosechas en los
alrededores de Roma, los hospitales de la ciudad se llenan con un tropel de
dolientes agosteros. ¿Quién puede decir entonces si es la Muerte con su
guadaña o el sangrador con su bisturí quien recoge más rica cosecha de vidas
?». También de los fabricantes de
ladrillos escribe: «Estos trabajadores salen casi siempre de la clase de los campesinos,
por eso, si se ven atacados por la fiebre acuden a sus cabañas y lo dejan todo
librado enteramente a la naturaleza, o son llevados a los hospitales, donde
se los trata, como a otro cualquiera, con los remedios habituales: purgas y
sangrías, pues los médicos nada saben 84 de la forma de vida de esos trabajadores, exhaustos y postrados por
interminables faenas.» Agrega a continuación esta
sensata advertencia: «Para estos obreros miserables el mejor remedio sería un
baño de agua fresca, al principio, es decir, cuando comienzan a tener fiebre;
pues tienen la piel áspera y reseca por el barro; al humedecerla y abrir los
poros, se deja a la fiebre una salida.» Tal el espíritu y tal el
contenido de las reformas de Ramazzini en el arte de Hipócrates. Más de dos
mil años habían pasado entre Ramazzini y su ilustre predecesor, quien enseñó
aquello de: «Donde existe amor a la humanidad hay amor a la técnica. Largo
lapso que hace que nos preguntemos si no será totalmente erróneo interpretar
el aforismo hipocrático como yo mismo he creído que podría entenderse:
equivalente a «Donde hay amor al arte, hay amor a la humanidad». En realidad,
pensemos que aunque en la antigüedad clásica es posible hablar de los
derechos de los ciudadanos, es casi imposible hablar de los derechos del
hombre. Lenta evolución, no de la naturaleza humana en principio, sino de su
dominio sobre la naturaleza inanimada, que tuvo que cumplirse antes de que
hasta los hombres de más visión se aventuraran a señalar las ventajas de
extender los beneficios de la atención médica a todos los niveles de la
población laboriosa. Tuvieron que pasar otros doscientos años para que un
gobierno organizara esa atención e incluyera en su Cons 85 titución que el goce de atención médica gratuita es un derecho
fundamental del individuo. Volviendo sobre el tercero y último de los temas, es decir, sobre la
invasión de la ciencia médica por conceptos filosóficos apriorísticos, diré
que, en mi opinión, ese proceso acompañó la transformación del arte de curar
que, de oficio enseñado a los aprendices, pasó a ser un arte liberal J estudiado en libros y escritos. También aquí recurriré a textos de
Vesalio. Las láminas anatómicas con que Vesalio ilustra De Fábrica constituyen
un jalón en la historia de la anatomía y aún hoy suscitan admiración. Causa
sorpresa observar, por eso mismo, que en el prefacio se crea obligado a
defender y justificar la preparación y publicación de esas láminas. Nos hemos
enterado de que sus detractores aprovecharon la oportunidad de su publicación
para acusar a Vesalio (¡nada menos que a Vesalio!) de querer substituir con láminas
el conocimiento directo del cuerpo en disección. Su respuesta interesa a la
historia primitiva de la medicina. «Con toda seguridad -escribe que si
hubiera perdurado hasta nuestros días la costumbre de los antiguos; me
refiero a la de acostumbrar a los jóvenes a realizar disecciones en su casa,
como se les enseña a escribir y leer, gustoso consentiría en dispensarles, no
sólo de las láminas, sino también de todo comentario. Pues los antiguos
comenzaron a escribir acerca de la disección recién cuando pensaron que
estaban obligados a transmitir el arte, no sólo a sus hijos, sino también a
los ex 86 traños a quienes respetaban por sus virtudes. Tan pronto como los
jóvenes dejaron de ser ejercitados en la disección ocurrió inevitablemente
que aprendieron peor la anatomía, ya que el ejercicio abolido era el que
habitualmente los iniciaba a edad temprana. Tanto es así que desde que el
arte salió de la familia de los Asclepios decayó durante tantos siglos que
hoy necesitamos libros para conservar una visión completa de él». Hasta aquí, Vesalio. Queda por preguntarse si se justifica ese punto
de vista. ¿ Es verdad que mientras la medicina fue un oficio transmitido
verbalmente de padres a hijos conoció un estado floreciente y que sólo
después de muchos siglos de decadencia comenzó a ser confiada a la escritura?
Nos parece que la respuesta es que hay algo de cierto en las palabras de
Vesalio, pero que su juicio debe ser rectificado a la luz de los
conocimientos modernos. El progreso de la arqueología moderna, en el último par de
generaciones, ha cambiado el carácter del problema del origen de la
civilización y de las artes de la vida civilizada. Es ya razonablemente claro
que la civilización debe su advenimiento a media docena de invenciones
fundamentales nacidas en la región de los valles fértiles, alrededor de los
años 6000 al 4.000 a. de J. C. Fue porque el hombre aprendió a controlar la
producción de alimento por medio de la agricultura y el acopio de comida, a
guardar en recipientes de barro a construir sus propias casas de piedra o
ladrillo, ya dominar el oficio de he- 87 rrero, que fue posible el complicado modo de vivir que llamamos
civilización. Luego, las nuevas necesidades de la civilización originaron la
escritura. Simultáneamente, la sociedad tendió a dividirse en una clase
trabajadora y en una clase administradora. Los operarios de todas las artes y
oficios, productores del excedente que hizo posible la civilización, fueron
formando poco a poco el estrato más bajo de la sociedad. Ese es el proceso
descrito por Herodoto con las palabras: «se tiene menos estima por los que
aprenden un oficio, que por el resto de los ciudadanos», y esto fue más
cierto para algunos oficios que para otros. El herrero, el alfarero y el
agricultor descendieron cada vez más en la escala social; el escriba, por el
contrario, fue un auxiliar de la administración. La pericia del herrero, el
alfarero y el labrador participó del mismo desprecio que inspiraban esos
hombres, pero todo lo escrito fue apreciado. En tales condiciones, la
sociedad perdió con el tiempo todo verdadero sentido de su propio origen. Las
invenciones fundamentales, los mejores títulos del hombre, fueron adjudicadas
ya a los dioses, ya a los filósofos. Para Hornero, Esculapio fue un hombre;
para Platón, un dios. Al introducir la ficción de unos fundadores divinos de
las artes, se abre el camino a la degradación de los operarios. En la opinión
del filósofo estoico Posidonio del siglo II a. de J. c. todos los
descubrimientos fundamentales -la agricultura, la alfarería, la rueda, la
hilandería, la tejeduría. la car- 88 pintería, la metalurgia y la arquitectura se debían a los filósofos,
quienes los habrían enseñado a los esclavos. El ingenio requerido por
aquellas invenciones era demasiado para un esclavo, y el peso de su faena,
excesivo para un filósofo; en cambio, la opinión moderna es que tanto los
filósofos como los esclavos fueron un producto de la primera revolución
industrial. Las artes y oficios de las que Posidonio suponía que sólo podían
ser invención de los filósofos, fueron, en realidad, las bases materiales de
la primera aparición del género Filósofo. Y es desde este punto de vista,
y en este medio social que debemos considerar al más extraordinario producto
de entre todos los escritos científicos de la antigua Grecia: el tratado
hipocrático llamado De la Medicina Antigua. El propósito del autor de
este tratado del siglo vera preservar la tradición de lo que él, ya en época
tan temprana, llama medicina antigua, amenazada por las vacuas especulaciones
de ciertos filósofos naturales. Estoy cierto de que Vesalio pensaba en este
tratado al decir que el arte médico había decaído durante siglos antes de ser
confiado a los libros; y aunque sería casi seguramente erróneo no ver sino
pérdida en el proceso por el cual el arte médico se transmite en forma
escrita, la opinión de Vesalio parecería ser bastante justificada; porque el
tratado De la Medicina Antigua es, en efecto, una discusión sobre los
peligros que amenazaron a la medicina en su transformación de oficio a arte
liberal. Es el alegato de un hábil operador manual contra el 89 teorizador carente de conocimientos prácticos sobre el tema. Para él,
el curador debe ser designado aún con el viejo y honorable título de demiourgos)
o servidor público del clan. El arte que trata de proteger es una
tradición antiquísima cuyo origen precede al nacimiento de la misma
civilización. Comienza el tratado con una protesta contra la intromisión de las
nociones filosóficas de la escuela de Empédocles en la teoría médica.
Empédocles había reconocido cuatro clases de materia: Tierra, Aire, Agua y
Fuego, y analizó después esos elementos -que así los denominaba en
combinación con cuatro principios: Calor, Frío, Humedad y Sequedad. Ciertos
médicos, atraídos por ese análisis, quisieron aplicar al arte de curar la
nueva filosofía. Aspiraban a reducir todas las causas de enfermedad al exceso
de uno u otro de los cuatro principios, ya curar en cada caso aplicando el
principio opuesto. ¿Qué podía responder a esto nuestro humilde curador
práctico? La respuesta es simple y
aplastante. Supongamos, dice, que vuestro médico-filósofo diagnostique en su
paciente el padecimiento de un exceso del principio del Frío; presumiblemente
recomendará como correctivo una dosis del Calor. Pero el paciente, cuya
experiencia nunca lo ha enfrentado con el Calor aislado, preguntará en el
acto: «¿Qué cosa caliente?» en respuesta a lo cual el filósofo deberá
limitarse a decir tonterías o a recomendar cualquier cosa corriente. Mas
cualquiera que sea la cosa que recomiende, tendrá muchas 90 otras cualidades además de calor, y muchas de ellas serán mucho más
importantes que el calor para la salud del paciente. Pues, en tanto que el
mantenimiento de una temperatura adecuada es, en gran medida, una de las
funciones del organismo viviente, otras cualidades del alimento, tales como
la dulzura o amargura, tienen mayor efecto sobre la salud. En consecuencia se
recomendaba al filósofo que aplicara sus huecos postulados a especulaciones
sobre las cosas del cielo o de debajo de la tierra, pero que no lo trajera a
la órbita de la ciencia médica donde todo debía someterse a la prueba de la
experiencia. El autor nos brinda más adelante
un bosquejo del desarrollo de la medicina, notable por la imaginación
histórica que revela. Considera que la medicina comenzó al adoptar el hombre
una dieta diferente a la de los animales. Los refinamientos adoptados
después, al diferenciar el régimen de los inválidos del de los sanos,
constituyen una continuación del proceso primero. Aún continúa la
investigación, y siempre se logran progresos; pero ni en el pasado ni en el
presente fue la medicina una creación de dioses o filósofos, sino el
resultado de la experiencia acumulada por incontables generaciones de hombres
consagrados a estudiar los problemas de la salud y la enfermedad mientras
socorrían las necesidades de sus semejantes. Son ellos los forjadores del
arte médico, y sus esfuerzos seguirán siendo fructíferos mientras se atengan
a los métodos probados y aprendidos por experiencia. 91 Dos puntos de esta argumentación son particularmente apropiados al
tópico que tengo entre manos; en primer lugar el énfasis extraordinario que
pone el autor al señalar que el verdadero médico es un cheirotechnes y
un demiourgos J es decir, un operario manual y un servidor público.
Nuestra interpretación de este argumento sería seguramente errónea, si no
comprendiéramos que el autor considera que esos atributos constituyen la
característica más saliente de la tradición antigua de la ciencia médica. En
realidad, no sólo defiende a la medicina de una nueva forma de teoría, sino
también de una nueva clase de hombre. El arte de la medicina, según él lo
comprende, había surgido en un tipo de sociedad donde los nombres de cheirotechnes
y demiourgos eran títulos reverenciados; y ahora se veía amenazada
por la aparición de un nuevo tipo de sociedad donde aquellos nombres
arrastraban un estigma social. Las florecientes ciudades-estados del mundo
griego en el siglo v contaban con una brillante cultura literaria que
satisfacía las exigencias de la clase ociosa, siempre atenta a desvincularse
del sector productivo de la sociedad. Brillantes especulaciones, como las de
Empédocles, se difundieron rápidamente por todo el mundo de habla griega,
configurando un estímulo intelectual para el dilatado público siempre ávido
de novedades. La doctrina de los Cuatro Elementos, enunciada en Agrigento,
Sicilia, logró pronto un calificado auditorio en Mileto y Efeso. Estos hechos
tienen mucho interés para los historiadores de la cultu 92 ra de la antigua Grecia. Pero es algo más importante y más sagrado lo
que tenemos el privilegio de leer en De la Medicina Antigua. Es la
digna protesta de un hombre que tiene que defender una disciplina científica
y una función pública contra la excesiva importancia asignada a las charlas
de moda en los salones filosóficos. Lo serio -.,-dice en las frases iniciales
no es que esos filósofos estén equivocados, sino que se equivoquen respecto
de un arte al que todos los hombres recurren en las crisis más importantes de
sus vidas, ya cuyos operarios y practicantes honran grandemente cuando juzgan
buenos. El segundo punto que deseo
señalar guarda estrecha relación con el primero. El sentido crítico tan agudo
puesto de manifiesto por el autor de De la Medicina Antigua respecto
de la doctrina de Empédocles sobre la existencia de un Calor , un Frío, una
Sequedad y una Humedad absolutas, ha sido apreciado de manera muy superficial;
pero el autor de De la Medicina Antigua protesta, no sólo contra la
inutilidad de ese análisis para su aplicación a la práctica médica, sino
también contra su mezquindad e ignorancia. Tal observación aparece en la
frase inicial, y se manifiesta a todo lo largo de la obra. Los famosos
opuestos de Empédocles son para él un puñado de paupérrimas abstracciones
huecas. Es la suya la primera voz que se alza en defensa de la plétora de
méritos de la ciencia positiva, y contra la estéril vaciedad de la metafísica.
Para él, las propiedades de las cosas que afectan la salud del hombre no son
tres o 93 cuatro: son infinitamente diversas e infinitamente sutiles. «Sé que no
es igual para el organismo humano -protesta que el pan sea de harina tamizada
o no tamizada, y ésta de granos seleccionados o no elegidos; que sea amasado
con mucha o con poca agua; que sea más o menos amasado; que esté horneado de
más, o de menos; y hay otras incontables diferencias. ..Lo mismo cabe decir
de la cebada. Las propiedades de cada variedad de grano son poderosas, y
ninguno es igual a otro. ¿Cómo es posible que quien no ha considerado estas
verdades, o las ha considerado sin sabiduría, pueda conocer algo acerca de
las dolencias humanas? Cada una de esas diferencias produce en el ser humano
un efecto y un cambio en uno u otro sentido, y sobre esas diferencias se basa
la dieta del hombre, ya esté sano, convaleciente o enfermo.» A partir de aquí
el autor comienza a complementar el puñado de conceptos de Empédocles con una
lista de otros más significativos para la ciencia médica. Propiedades de los
alimentos, tales como la amargura o el dulzor, la acidez, la cantidad de sal,
la insipidez o la astringencia; en anatomía humana, la forma de los órganos;
en fisiología humana, la capacidad del organismo para reaccionar ante un
estímulo externo: tal es la abundante riqueza de ideas adquiridas por la
experiencia práctica de quien utiliza las manos en la tarea de curar , y con
la que el médico hipocrático del siglo v arrolla las pretensiones del médico
filósofo cuya teoría se funda en hueros postulados. Este fue el temperamento que salvó a la me 94 dicina hipocrática, e hizo que entre todas las ciencias cultivadas por
los griegos fuera la más próxima, en contenido y espíritu, a la ciencia
moderna. Desde los primeros tiempos, cuando la medicina era un oficio
enseñado por los maestros a los aprendices, la tradición de aprender
directamente de la naturaleza se conservó, salvando así a la medicina del
destino que cupo a otras ramas de la ciencia griega. El médico antiguo
aprendió a comprender la función terapéutica de los alimentos, de las drogas
y de los ejercicios; era cocinero, farmacéutico y masajista. Adquirió la
habilidad de contener las hemorragias de las heridas, de aplicar vendajes, de
entablillar miembros rotos, de preparar cataplasmas de harina, aceite y vino,
y de acomodar dislocaciones. Junto a la destreza manual desarrolló esa
agudeza de los sentidos y esa capacidad pata la observación directa de la
naturaleza, que constituyen la gloria de la medicina hipocrática. El médico
hipocrático no sólo recomienda a los estudiantes que «practiquen todas las
operaciones realizándolas una vez con cada mano y también con ambas a la
vez... con el objeto de adquirir habilidad, gracia, rapidez, soltura, elegancia
y facilidad»; también les dice que para hacer un diagnóstico utilicen todos
los sentidos: la vista, el tacto, el oído, el olfato y el gusto, tanto como
la inteligencia. Tal, el carácter de la medicina griega, heredado de los
primeros tiempos, que subsistió, al menos en cierto grado, a través de todas
las vicisitudes de la sociedad de Grecia, y cuyos vestigios se encuentran
hasta en 95 el viejo Galeno, quien en sus últimos años se oponía a que fueran los
esclavos quienes disecaran los monos en que realizaba sus observaciones.
Siempre fue el médico un trabajador manual, y su cerebro logró excelentes
resultados porque se aplicó a un material suministrado por la mano. ¡Qué distinto fue el destino de
la física y la química! Allí los conceptos aristotélicos constituyeron una
barrera insuperable para el progreso. Al aceptar los elementos de Empédocles:
la Tierra, el Aire, el Agua y el Fuego, Aristóteles sostuvo que un substrato
idéntico, la materia, era común a todos ellos. Todas las diferencias surgían
de las formas. La Tierra era fría y seca; el Agua era fría y húmeda; el Aire
era caliente y húmedo; el Fuego era caliente y seco. Este análisis
cuantitativo hacía imposible todo progreso en química. Casi dos mil años
después de Aristóteles se formularon en forma explícita los postulados
fundamentales de la química moderna; esto es, la creencia en que existían
cuerpos determinados, capaces de ser aislados por ciertos procedimientos, y
recombinados para constituir nuevos compuestos. Paracelso puede parecer un pensador
pobre comparado con Aristóteles; su sal, azufre y mercurio bien podían
corresponder a substancias inexistentes, pero por el hecho mismo de intentar
la descomposición de la materia en sus substancias elementales, y no según
sus propiedades, hizo posible que la experimentación fuera fructífera y
determinó el nacimiento de la química. Pero dos mil años antes de él, el
autor de De la Medicina An 96 tigua había ridiculizado la concepción empedocleana de la
materia. Dos mil años antes la medicina había alcanzado la meta de ser una
ciencia estrictamente positiva. Dos mil años es mucho tiempo. ¿Cómo se
explica tanta demora? Antes de responder a esa pregunta hemos de plantearla
más cuidadosamente. El autor de De la Medicina Antigua nos dice que
los filósofos sostenían que no podía comprenderse la medicina sin entender
primero la naturaleza del universo, a lo que opone la violenta réplica de que
la verdad es precisamente opuesta, es decir, que no puede entenderse el
universo sin haber estudiado antes la medicina, pues ninguna prueba puede
confirmar las afirmaciones de los filósofos, en tanto que las afirmaciones
del médico son ratificadas por la práctica diaria, y en asuntos
experimentados en forma cotidiana por todos los hombres. Si un cultivador de
la medicina pudo dar una respuesta tan clara a la pretenciosa aspiración del
filósofo, ¿por qué no hizo otro tanto el químico primitivo ? Si quien estudió
las dietas supo demostrar que la doctrina del Calor y el Frío, de la Humedad
y la Sequedad, era inconsistente y torpe, y constituía un agravio a la
inagotable variedad de la naturaleza orgánica, ¿por qué faltó el investigador
de la naturaleza inorgánica que defendiera en forma análoga su propia
ciencia? He aquí cuál pienso que es la respuesta: El autor de De la
Medicina Antigua, al exaltar la copiosa variedad de la naturaleza
orgánica, lo hace fundándose en una suma de conocimientos adqui 97 ridos en su contacto directo con la naturaleza. ¿ Pudo alguien
adquirir conocimientos semejantes de la naturaleza inorgánica por experiencia
tan directa ? La respuesta puede ser sólo: el alfarero o el herrero. Para
ellos, seguramente, las propiedades de los materiales trabajados no se
reducían al Calor, al Frío, a la Humedad o la Sequedad, que tanto quehacer
dieron a la lengua de generaciones de filósofos; aquellos eran moldeables,
maleables, friables, fusibles, solubles, insolubles, porosos, impermeables,
buenos o malos conductores del calor, elástico o inelástico, flexibles, quebradizos,
pulibles, atacables o no atacables capaces o incapaces de tener bordes
cortantes, y una porción de cosas más. Si era posible realizar cosas que no
se encontraban en la naturaleza tales como el bronce, ello no se lograba
aislando o combinando propiedades, sino mezclando substancias. Los herreros y
los alfareros, que conocían esto, fueron los iniciadores de la química
primitiva. ¿ Por qué no fueron capaces de defender las ciencias involucradas
en sus oficios? Su condición no fue, en un principio, más baja que la del
médico. Ellos eran también cheirotechnae y demiourgoi, operarios
manuales al servicio de la comunidad. ¿ Por qué no desempeñaron el mismo
papel que el médico, entonces, en el desarrollo de la ciencia primitiva? Podría responderse que sus oficios,
antes -y también en forma más completa-, que la mayor parte de los otros,
sufrieron el desprecio de la sociedad. Eran las banausic, es decir,
las ocupaciones mecánicas por excelencia. Fue de sus ta- 98 reas que dijo Aristóteles que eran necesarias para la existencia de la
ciudad, pero que inhabilitaban a los operarios para la ciudadanía[10].
En estas condiciones, el conocimiento de la naturaleza que ellos solos
poseían no podía pasar a formar parte de las especulaciones que sobre la
naturaleza de las cosas se desarrollaban en la sociedad elegante. El
florecimiento de una ciencia química era una imposibilidad social. En tanto que la polis) o
ciudad, logró expulsar pronto de su seno a los operarios de las artes banausicas)
no pudo deshacerse en la misma forma de los médicos, operarios al fin,
pues el material sobre el que éstos trabajaban eran los mismos ciudadanos. En
realidad, el medio social triunfó al alejar del médico científico la atención
de la salud de los obreros, con lo que infligió al arte de curar la más grave
de las heridas. Pero, si bien es cierto que los esclavos eran atendidos por
esclavos, los ciudadanos fueron atendidos por ciudadanos, y un oficio -por lo
menos subsistió en el seno de la ciudadanía y compartió con ella la creciente
cultura literaria. Cupo así al médico una posición única y privilegiada:
conservar la consideración de la sociedad y seguir siendo un trabajador
manual. Como tal constituye el médico la
más noble y sana de las figuras de la antigüedad clásica. Aportó a la cultura
antigua lo más sólido de su ciencia y lo más puro de su ética. No es raro,
por eso, 99 que la medicina griega ocupara una posición
excepcionalmente privilegiada en el Renacimiento, en la fase de nacimiento de
la tradición científica y humanista del mundo moderno. No sólo produjo a
Vesalio y Ramazzini. En el siglo XVI la medicina era parte imprescindible de
la educación científica; hasta un Copérnico la estudió. Ninguna disciplina
antigua era más adecuada para guiar a una mentalidad indecisa por el puente
que separa la escolástica de la ciencia moderna. Y ello porque, como espero
haber contribuido con el presente trabajo a su mejor esclarecimiento, ninguna
otra ciencia presenta tan felizmente hermanados al cerebro y la mano. (100) |
[1]
Jenofonte, Oeconomicus, iv, 203
[3] Puede encontrarse una
traducción de ese Prefacio debida al
presente autor, en Proceedings of the Royal Society of Medicine, Vol.
XXV, núm. 5 (julio de 1932).
[4]
Herodoto II, 167
[5] Platon, Politicus, págs.
258-259.
[6]
Aristóteles, La Política. III. 6.
[7]
Leyes, 720,
c, d.
[8] La República, 406.
* Versión
castellana debida a Patricio de Azcárate: ...(Esculapio) sabía que en todo
Estado bien ordenado cada cual tiene una ocupación, que es preciso que
desempeñe; y que nadie debe pasar la vida como enfermo, haciéndose cuidar como
tal. Vemos lo ridículo de este abuso en los menestrales; pero, tratándose de
los ricos y de los que se tienen por dichosos, no nos apercibimos de ello.
-¿Cómo?
Dímelo, si gustas. -Que se ponga enfermo un carpintero, y verás cómo pide al
médico que le recete un vomitivo o un purgante, o, si es necesario, que le
aplique el hierro o el fuego. Pero si le prescribe un largo régimen y le aplica
a la cabeza suaves compresas y lo demás que es consiguiente, dirá bien pronto
que no tiene tiempo para estar enfermo, y que le tiene más cuenta morir que
renunciar a su trabajo, para sólo ocuparse de su mal. En seguida despedirá al
médico, y volviendo a su método ordinario de vida, o recobrará la salud, y se
entregará a su trabajo; o si el cuerpo no puede resistir el esfuerzo de la
enfermedad, vendrá la muerte en su auxilio y le sacará del conflicto.
-Esta manera
de tratar las enfermedades parece convenir, en efecto, a esa clase de gentes. (N.
del T.)
[9] Editado por Wilmer Cave Wright, Chicago, 1940.
[10]
Compárese La Política, 4, 4, 9, con 3, 5,
3